
En el monasterio de San Xulián de Samos, algunos kilómetros antes de llegar a Compostela, quedan unos pocos monjes benedictinos que alegran sus días inventando lúgubres historias sobre la abadía, las que relatan por 10 euros a los turistas que van camino a la catedral de Santiago. Entre ellos está Fray Teodoro, un monje español muy reservado, quien, según sus compañeros de monasterio, quedó muy perturbado, hace algunos años, por la confesión que le hizo un peregrino. Cuentan que desde ese día Fray Teodoro ya no se pasea con la Biblia en sus manos sino que con un llamativo cuaderno, y que se sienta todo el día en los jardines esperando que, algún día, el peregrino regrese.